La diseñadora

Durante la sesión, se pudieron extraer tres puntos tan relevantes y pintorescos que bastaron para el armado de la máquina: su personificación del cáncer, de la culpa y su relación con el catolicismo. Tomás describió al cáncer: un monstruo peludo. Lleno de pelos azules. De esos pelos que les roba a sus víctimas y tiñe para que nadie reconozca sus crímenes. Y explicó que la culpa es la distancia entre la cabeza del pecador y la mano del sacerdote. Pudo contar incluso que su madre era una devota católica que murió de cáncer luego de estar un largo tiempo enferma, casi toda la infancia y adolescencia de Tomás.

 

La máquina

Consiste en un confesionario con un sacerdote robot que perdona todo lo que se le confiese. Oprime el remordimiento y desestima toda fuente de culpabilidad. En la parte de atrás del confesionario, un estante de pelucas azules repelentes de cáncer. Para todos los gustos. Así Tomás usaría una peluca azul cada día para que cuando el cáncer lo viera, éste creyera que ya lo enfermó. Un disfraz brillante para engañar a la bestia.

Marcos Vincic le dedicó el juego de mesa Culpabsolución al síntoma de Tomás.

El confesionario robot

y el estante de pelucas azules

Federico Koch diseñó un prototipo de máquina industrial para calmar el miedo de Tomás Cabalsa a enfermarse de cáncer.


 

El síntoma

Tomás llegó a la consulta con un miedo claro: tenía temor a enfermarse por exceso de remordimiento. Creía que todo sentimiento de culpabilidad lo iba enfermando. Y lo enfermaba de cáncer. No obstante, tenía la convicción de que ese particular asedio era una de sus más maravillosas fuentes de creatividad y ocurrencia. Basta con relevar brevemente el cuerpo de obra de Tomás para entender su respaldo al síntoma.

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