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Federico Koch es un prematuro artista plástico reconocido por sus máquinas fantásticas y de ciencia ficción. Inventó la terapia industrial, un proceso terapéutico que busca que el paciente, exclusivamente artista, flexibilice no la adscripción de significados, sino el peso emocional que tolera, a través de un conjunto de técnicas, estrategias y maquinarias bosquejadas concretamente para acompañar el pensamiento invasivo.

La terapia industrial fue descubierta por Koch durante las experimentaciones con Tomás Cabalsa y un revelador texto de Sigmund Freud sobre Fiodor Dostoievski y el parricidio.  En ella, Koch habla de lo destructivo que es para el artista pretender una comprensión profunda de las circunstancias que dan origen a sus afecciones o son la causa de sus sufrimientos o malestares psíquicos, y traza su desesperada intención de buscar recursos fantásticos que incidan directamente sobre el síntoma y creen formas que resguarden, utensilios que escuden el asedio y poeticen el trauma.

Con su terapia industrial, Federico Koch desarrolla nuevas conductas innovadoras que sirvan de instrumento de sosiego. No busca interpretaciones funcionales y adaptativas. Busca productos industriales que hagan más fácil la vida anímica.

"A la terapia industrial no le interesa la cura. El terapeuta industrial diseña tolerancias. Es un inventor de prótesis mentales", decía Koch.

El proceso terapéutico tiene tres etapas: la primera consiste, sencillamente, en reconocer el síntoma. Un dolor, un peso, un miedo que el paciente pretendiera conservar para ponderar su acto creativo y artístico, pero que necesite controlar, mermar o regular. Esta primera etapa puede requerir una sesión. La segunda etapa es la sesión, también llamada La diseñadora. Es el momento de consulta del terapeuta. Aquí, este último suma datos en contexto para diseñar la máquina: experiencias, relatos, momentos del paciente que sirvan para componer estéticamente e, incluso, mecánicamente la máquina. La tercera parte es la máquina. La herramienta, la tecnología, el utensilio que protege. El producto final y fantástico para que el artista conserve el síntoma pero pueda manejarlo. Son máquinas buenas, porque son los pacientes quienes las controlan, las usan a gusto, pueden creer en ellas o simplemente no hacerlo. Estas máquinas buenas no someten, por el contrario, ayudan a pedido. Son máquinas conservadoras de esas molestias y pesares, responsables de la creatividad artística. ¿Hasta dónde el artista debe tolerar su dolor como responsabilidad moral hacia la cultura universal?

Las máquinas no actúan como medicamento. No menosprecian el síntoma. No intentan restarle importancia o aliviar lo legítimo de la huella. Por el contrario, la enaltece. Tampoco cumplen la función de un ritual obsesivo. Las máquinas no reemplazan una angustia por otra menor. No exigen esfuerzo más que, tal vez, el darle cuerda a su funcionamiento. Apretar el botón. No son un sacrificio. Mucho menos, una ofrenda. Las máquinas solo exigen creer en ellas a través del rechazo a la interpretación del trauma, recurso inconsciente y deformado por el síntoma. 

Entre los artistas que trató se encuentran Tomás Cabalsa, Rocky Riglos, Fiodor Dostoievski y Juan Cavallero, entre otros.

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