La curiosa historia del pintor Rocky Riglos, artista ensimismado con la locura, es uno de los misterios más románticos del mundo del arte. Desde muy temprana edad, Rocky comenzó a inventar memorias falsas, sucesos y leyendas alrededor de su vida para que lo crean loco. Siempre culpó a la falta de demencia de ser “la dama nerviosa y ausente, responsable de que mis pinturas sean una mierda”. Estaba convencido de que la suma entre locura precisa, aquella que es una conjunción de miedos, tragedias, traumas y oscuros episodios afectivos, que a pesar de desgarrar es tolerable en pos de la imaginación que inspire e interpele, y creatividad excepcional es igual a una obra maestra. No hubo dudas de su inigualable creatividad, pero poco padeció de miedos y tragedias para considerarse un loco ideal. Decía "Estoy desaprovechando mi resistencia". Montó un circo de desgracias a su alrededor por dos razones: que la simulación le otorgue mágicamente lo que deseaba; o que, por lo menos, el mundo lo crea loco y éste parezca condicionado a ello a la hora de pararse enfrente de una de sus obras.

Fue un gran amigo de Tomás Cabalsa, a quien envidiaba su locura, y de Marcos Vincic, que le diseño un juego para ejercitar su práctica demencial.

 

Rocky pasaba sus días desesperadamente sano, falto de demencia. Una tarde, Tomás Cabalsa pidió a Federico Koch que fabricara una máquina industrial para calmar el deseo desenfrenado de Rocky de ser loco. Koch diseñó un simulador de locura. Una nave que reproducía una y otra vez imágenes de episodios traumáticos inspiradas en los tormentos de algunos artistas famosos de la historia. Rocky usaba el simulador un promedio de siete veces por día, como si fuera parte de un pacto demoníaco.

Una mañana, “tras un sueño intranquilo”, el pintor amaneció con la oreja izquierda cortada y comenzó a sentir el mismo desconsuelo, los mismos pesares y aflicciones que sentía Van Gogh. Durante los dos últimos años de su vida, pintó muy poco y se dedicó a investigar la historia del artista holandés para adelantarse a lo que estaba por padecer al día siguiente. Lo encontraron muerto en su estudio de un disparo. Jamás se encontró la bala en su cuerpo, ni restos de pólvora en sus manos.  

Durante su último período antes del episodio de la oreja, jugó a ser científico, hizo experimentos extraordinarios para sentir algo de locura y una carrera universitaria para recibirse de loco, que contó con un extenso plan de estudios y talleres a cargo de Federico Koch.

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