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STATEMENT

Hace tiempo que dejé de ser loco. Aunque quiera creer que mis personajes dejan salir el grito dentro de mí, sería sincero si creyera que tan sólo conmemoran mis tiempos oscuros. La demencia es un flashback de mi estómago y cuando pienso mis historias soy la reproducción pop de mi monstruo. 

Cuando era chico y me acostaba en la cama por las noches, elegía una posición para dormir. Si lo hacía boca arriba, ideaba pinturas; si dormía boca abajo, pensaba historias; para el costado derecho, craneaba inventos; y si me acostaba mirando hacia la izquierda, diseñaba juegos de mesa. Cada posición correspondía una clase de obra distinta, una ocurrencia que me divertía. 

Hoy mis alteregos y sus obras son las cuatro posiciones en la cama. Son batallas entre malos y buenos en mis lugares más sentidos. Parecen máquinas programadas para endulzar fantasmas, ensayos románticos de un mecanismo burdo. Son drogas sin el mínimo descuido, que tienen en común el desprecio por la cura y un elogio redundante, incondicional y casi apestoso a la locura.

 

Probablemente, haya sido el doctor de las demoras, mis alteregos o sus residuos, el amor o la felicidad, pero hoy no estoy loco del todo. Tengo catalogada una bolsa gris de recuerdos endulzados y quiero popularizar los sentimientos y convertirlos en figuritas cuando todavía sea cristiano. Porque creo en Dios, pero no creo que él sea de los buenos.

Lucas Moltrasio. 2019